Antes de que ruede la pelota de la Selección, Daniel Alejandro Córdoba ya tiene lista la radio. En El Cambiado, un pequeño paraje del departamento Pellegrini, ver el Mundial no siempre es tan simple como apretar un botón. Primero escucha el relato, y si Argentina convierte un gol, recién ahí pone en marcha el grupo electrógeno para encender el televisor. Pero si en medio del partido suena el teléfono, el fútbol deja de existir. Se sube a su vehículo y sale. Puede haber una persona con un infarto, una descompensación o un accidente esperando ayuda. En ese rincón del monte santiagueño, las urgencias muchas veces no pueden esperar a una ambulancia.

"Si veo que está muy mal, directamente lo cargo en mi vehículo. Después, si se puede, nos encontramos con la ambulancia en el camino", cuenta. Lo dice con la naturalidad de quien repitió ese recorrido decenas de veces durante su vida. Tiene 53 años, nació en El Cambiado y desde hace años es el agente sanitario del puesto de salud del pueblo. Conoce cada sendero de memoria, sabe dónde el barro puede tragarse un auto y también cuáles son los minutos que separan una vida de una tragedia.

Porque no siempre llega a tiempo. "Hubo personas que no pudimos salvar. Yo ya veía que no iban a llegar con vida y uno queda mal... muy mal. Queda esa sensación de no haber podido hacer más", confiesa. Hace una pausa y enseguida busca el otro lado de la historia. "Después también están las personas que sí llegaron al hospital y se salvaron. Ahí uno siente que hizo un bien", reflexiona.

Su tarea cotidiana comienza con los primeros auxilios. Atiende desde un dolor de muelas hasta una descompensación y, cuando la situación lo amerita, deriva a los pacientes hacia El Bobadal o Las Delicias. Sin embargo, la falta de infraestructura hace que muchas veces tenga que ir mucho más allá de sus funciones. "Se rompe el vehículo, se rompen los amortiguadores, pero igual hay que salir", enfatiza.

Los caminos son el principal enemigo. "Cuando llueve se pone muy difícil. Hay veces que directamente no se puede pasar", dice. A ese aislamiento se suma otro problema que atraviesa la vida de todo el pueblo: la falta de energía eléctrica. Aunque El Bobadal se encuentra a unos 25 kilómetros y Las Delicias a apenas 17, el tendido nunca llegó hasta El Cambiado. "Yo no sé por qué nunca pasó la luz por acá", admite.

Por eso, durante este Mundial, los partidos se vivieron de una manera distinta. "Lo escuchamos por radio y, a veces, el que tiene paneles solares o grupo electrógeno lo puede ver. Es difícil", cuenta.

En su caso, el ritual está bien aprendido. "A mí me gusta prender la radio bien fuerte. Si escucho que Argentina hizo un gol, ahí salgo, pongo en marcha el motor y recién prendo el televisor", dice.

Cada minuto de electricidad cuesta combustible. Por eso no siempre puede mirar los 90 minutos completos.

Los primeros encuentros de la Selección tuvieron, sin embargo, un punto de reunión para todo el paraje. La Escuela N° 973 abrió sus puertas y, gracias a la conexión de Starlink, decenas de vecinos compartieron los partidos frente a un mismo televisor. "Nos reunimos en la escuela. Se llenó de gente para ver los partidos", dice. Ahora, con las vacaciones de invierno, cada familia sigue los encuentros como puede. El cruce frente a Inglaterra lo vivió desde su casa. "Se sufrió mucho. Acá también se festejan los triunfos", dice.

Pero apenas termina de hablar del Mundial, aparecen las preocupaciones que llevan décadas sin resolverse. "Lo primero que necesitamos es agua", indica. La frase sale de inmediato. La represa comunitaria está prácticamente cubierta por sedimentos, el pozo semisurgente entrega muy poca agua y los aljibes dependen exclusivamente de las lluvias. "Si no llueve, no tenemos agua", puntualiza.

A eso se suma el alto costo de las garrafas, indispensables para la vida cotidiana en un pueblo sin red eléctrica. Una de 15 kilos ronda los $44.000 y, durante el verano, puede durar apenas 10 o 12 días.

Para Daniel, todas esas dificultades explican también por qué El Cambiado fue perdiendo habitantes. "Antes la escuela tenía más de cien alumnos entre la mañana y la tarde. Hoy quedan poco más de20", dice.

La comparación resume el cambio de una comunidad entera. Con los vecinos también desaparecieron lugares que alguna vez fueron el centro de la vida social. "Había una cancha de fútbol donde se hacían campeonatos. Hoy ya no existe. También había una pista de aterrizaje donde bajaban aviones. Todo eso se perdió", explica.

Muchos jóvenes decidieron irse para estar más cerca de un hospital, de una escuela o de una oportunidad laboral. Incluso quienes emigraron encuentran dificultades para regresar. "Hablo con gente que vive en Buenos Aires y me dice que quiere venir a visitar a la familia, pero no se anima por los caminos", dice.

Él, en cambio, nunca pensó en irse. Sigue atendiendo el puesto sanitario, recorriendo los mismos caminos y respondiendo cada vez que alguien golpea la puerta en busca de ayuda. Cuando se le pregunta qué le gustaría cambiar de El Cambiado, no habla de internet, de asfalto ni de grandes obras. "Agua y energía. Eso es lo esencial", señala.

Mientras millones de argentinos cuentan las horas para una nueva final del Mundial, Daniel también espera el partido. Probablemente vuelva a escucharlo primero por radio y recién después encienda el televisor. Aunque sabe que, si en medio del relato llega un pedido de auxilio, no dudará en apagar el motor, dejar el fútbol atrás y salir por los caminos del monte. Porque en El Cambiado hay un partido que se juega todos los días y cuyo resultado vale mucho más que cualquier copa: el de intentar que todos lleguen con vida al hospital.